Tengo que empezar con una evocación personal. Los muchachos de mi generación que hicimos nuestra educación intelectual allá por los años 70 nos tocó vivir -- para mal y para bien-- una época absolutamente intoxicada por las ideologías. Era un mundo dividido en derechas e izquierdas, una concepción binaria del mundo que podía tener el encanto del fragor y la lucha conceptual (es cierto), pero que podía transformarse, también fácilmente, en reduccionismo malsano y en estiércol semántico de pacotilla . Llegaba a límites increíbles, según recuerdo. Amistades o familias que se rompían, y no se hablaban por años, por las filiaciones a Karl Marx o Adam Smith, según el caso. Parejas que se escindían, como una especie de versión moderna de "capuletos" y montescos". Esa guerra fría, que no sólo existía en las armas, sino también en las ideas, partió en dos la generación que yo viví, y también las dos generaciones previas a la mía. Eso fue el siglo XX, con sus luces y sus sombras.

Hubo alguien que, de alguna manera, me salvó de caer en esos extravíos, o al menos me previno. Fue Albert Camus. Cuando yo tenía 16 años, un excepcional profesor de filosofía del Colegio La Salle que se llamó Diego Alfaro (hoy fallecido, y a quien nunca podré agradecerle todo que hizo por mí y por tantos otros que fuimos sus alumnos) puso frente a mis ojos dos libros: "El Extranjero" y el "Mito de Sísifo". Únicamente me dijo: lea y después hablamos.

Los devoré en tres días. A estas alturas, con seguridad puedo decir que pocos libros han significado un remezón interno tan intenso en mi vida, en el orden intelectual, ético y en muchos otros sentidos. De repente, me percaté que la libertad (ideológica, moral, epistemológica y la propia libertad personal, en el sentido más extenso del término) era posible. En un mundo de blancos y negros, con profetas pro-soviéticos y pro-capitalistas como era ese, de repente aparecía un tipo que decía que si la verdad existía, en cualquier caso estaría únicamente en los grises y los claroscuros. Que afirmaba que las ideologías no importaban, sólo los hechos y lo seres humanos. Poco después conseguí y leí con avidez el resto de su obra: "El hombre rebelde"; "La peste"; " La caída"; "El exiliio y el reino"; "Cartas a un amigo alemán" y sus excepcionales obras de teatro, "Los Justos" y "Calígula" (la cual he podido ver representada un varios países, y siempre asisto a ella con la misma emoción de la vez primera).

Con el tiempo estudié su célebre polémica con Jean Paul Sartre, que partió en dos a la intelectualidad europea (y también a la latinoamericana de la época). Sarte, pro-soviético casi hasta al final de su vida, se enfrentó a Camus por las denuncia de este último contra las matanzas de Stalin, los campos de concentración y la invasión a Hungría. Contra el argumento sectario de Sartre del "compromiso político del escritor" (dispuesto a hacerse la vista gorda en función de su visiones ideológica) Camus opuso el principio de "independencia e individualidad" del escritor.

El tiempo pone todo en su lugar. Como referente moral y político, Camus es hoy es mucho más importante que Sartre (que tiene valor hoy básicamente como filósofo, ni siquiera como buen novelista, a mi juicio). La utilización del método camusiano de libertad epistemológica (que podríamos llamar "La Navaja de Camus", parafraseando a "La Navaja de Ockam", tan común en la filosofía) tiene más actualidad que nunca. Bien lo podrían utilizar muchos en América Latina que se empecinan a narrar el mundo en blanco y negro, con simples slogans ideológicos.

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