Roma. El asesino de las Fosas Ardeatinas, el ex oficial de las temibles SS que en los últimos meses de la ocupación nazi de Roma, en 1944, fue uno de los responsables de la matanza de 335 civiles, estará enterrado para siempre, como corresponde y como debería haberles correspondido a muchos personajes similares, en el cementerio de una cárcel.

Prisionero para siempre, para la eternidad, en un camposanto donde están enterrados probablemente otros criminales como él. Pero peor, porque la cruz de madera clavada en la tierra que señala su tumba no tiene siquiera un nombre, sólo un número. La noticia la dio, en exclusiva, el diario romano La Repubblica, con un artículo firmado por su director Ezio Mauro.

El entierro en el cementerio de una cárcel, una solución realmente magistral, se llevó a cabo por las autoridades italianas pocos días después de que Priebke muriera a los cien años, el pasado 11 de octubre, y de que su funeral y sepelio despertaran todo tipo de reacciones: a favor, por parte de sus correligionarios neonazis, y en contra, por parte de la comunidad judía y los pocos sobrevivientes de la Resistencia, especialmente. No sólo la gente reaccionó en contra sino las autoridades del municipio romano, que se negaron a que en su territorio se hiciera el funeral o el entierro.

El Vaticano prohibió asimismo que se hicieran celebraciones por Priebke en sus iglesias. Y entonces, una comunidad católica superconservadora, los sacerdotes lefebvreanos (por Marcel Lefebvre, arzobispo excomulgado por Juan Pablo II) de la Confraternidad Pío X, ofrecieron su sede, en Albano Laziale, a unos kilómetros de la capital italiana. Allí se dieron cita neonazis y grupos de izquierda y de la comunidad judía y se armó una gran revuelta, con palos y todo. La policía tuvo que intervenir, tiró gases lacrimógenos y suspendió la celebración.

El féretro de Priebke fue trasladado secretamente entonces durante la noche de ese 15 de octubre al aeropuerto militar de Pratica di Mare. Allí estuvo varios días porque nadie se quería hacer cargo de su entierro. Para evitar más problemas, las autoridades mantuvieron el secreto más absoluto. Se habló de una localidad secreta de Sicilia que ofrecía su cementerio para enterrarlo. Se habló de la posibilidad de que fuera enterrado en su ciudad natal en Alemania. Se habló de que pudiera volver a la Argentina, en particular a Bariloche, donde vivió cuando escapó al concluir la guerra, al parecer con un pasaporte que le facilitó el Vaticano, y donde vive todavía uno de sus hijos. Se habló también de enterrarlo en un cementerio militar alemán en las afueras de Roma, donde están todos los que cayeron en Italia durante la guerra. Pero todas las opciones fueron descartadas. Para empezar, el gobierno argentino oficialmente rechazó esa posibilidad. También lo hizo Alemania. Nadie quería hacerse cargo de un personaje que no sólo era condenable por lo que hizo en 1944, sino por el testamento escrito y el video que dejó a su abogado Paolo Giachini, dado a conocer poco después de su muerte, y donde nunca se arrepiente de lo que había hecho, ni pide perdón –sólo dice, como los militares argentinos de la dictadura dijeron, que había “cumplido órdenes”–, e incluso pone en duda la existencia de las cámaras de gas en los campos de concentración. Nadie quiso guardar los restos de este nefasto personaje ni permitir que su tumba pudiera convertirse en un lugar de peregrinaje de los neonazis de todo el mundo que lo han calificado como un héroe.

Priebke, que vivió en Bariloche hasta 1995, fue extraditado a Roma donde fue procesado y condenado a cadena perpetua en 1998 por la matanza de las Fosas Ardeatinas, una represalia contra la población italiana por un atentado de la Resistencia, un día antes había costado la vida de 33 soldados alemanes. Por su edad avanzada, poco después de la sentencia, se le concedió el arresto domiciliario y vivió en un cómodo departamento que le facilitó su abogado, con una mujer de servicio que lo cuidaba e incluso lo llevaba a pasear por el barrio, como han demostrado algunas fotos recientes.

Según La Repubblica, el director de la cárcel donde se haría el entierro fue convocado por las autoridades italianas que le comunicaron la decisión. Pero lo obligaron a mantener el secreto. Nadie podría saber que allí estaba el más odiado personaje de los últimos tiempos. Tampoco los guardias de la cárcel. Al parecer algunos detenidos, todos ellos inmigrantes africanos, limpiaron el camposanto un poco, cortaron los yuyos y prepararon el terreno. Pero no sabían de quién se trataba ni lo saben ahora. Tampoco lo saben las autoridades locales de la comunidad donde está esa cárcel.

A las 3.45 de la mañana de una noche –no se sabe de cuál día–, afirma La Repubblica, el féretro, cubierto con una frazada, fue sacado en un auto grande, pero común, del aeropuerto de Pratica di Mare, a 35 kilómetros de Roma. Al parecer habían pasado diez días desde aquel 15 de octubre.

La cruz de madera en el camposanto de la cárcel no tiene nombre, pero sí un número que será entregado en un sobre cerrado al otro de los hijos de Priebke, que vive en Nueva York y que al parecer vendrá a Italia en diciembre. No se sabe cuáles serán las condiciones que impondrán las autoridades italianas al heredero del asesino de las Fosas Ardeatinas.