Y, sin embargo, clarificar qué se quiere no es lo mismo que decir cómo se logrará llegar a eso que se quiere ¿Qué tal si, como a modo de un experimento mental, intentamos clarificar cómo podría lograrse? Ello es importante, incluso para irse aclarando los espacios de factibilidad realmente disponibles.

La cuestión es ciertamente complejísima y tiene múltiples facetas (respecto de muchas de las cuales soy ignorante). A modo de ejemplo e ilustración, me concentraré en una que más o menos creo manejar: el empleo.

Esta es una cuestión absolutamente clave si se quiere combatir la pobreza y la desigualdad sobre bases realmente sólidas. Hablo, desde luego, de empleos de calidad, con pleno reconocimiento de derechos laborales y buenos salarios. Hoy día es un problema extremadamente grave: alrededor del 20% de la fuerza de trabajo está desempleada o subempleada y más de un tercio se desenvuelve en condiciones de informalidad. La situación es mucho peor para las mujeres y entre las personas jóvenes.

Así funcionan los TLC

Por su parte, el modelo actualmente vigente presenta dos características dominantes: (a) su énfasis en la atracción de inversiones extranjeras que se ubican en zona franca; (b) el sesgo financiarizado que ha venido adquiriendo, con una deriva hacia el endeudamiento que promueve el consumismo, así como el despilfarro en formas especulativas de inversión (por ejemplo: grandes y lujosos "malls" y "centros de negocios").

En esas condiciones, se hace imposible generar empleos en la cuantía y de la calidad requerida ¿Es posible hacer las cosas diferente? De seguro que sí, pero no será fácil. Veamos.

¿Qué cambiar en relación con las zonas francas? Posiblemente poco, aunque si habrá que empezar por hacerlas pagar impuestos. Ya esto introduciría una primera reorientación del modelo, pero con la segura oposición de intereses muy poderosos, que, en todo caso, también combatirán lo que enseguida explicaré.

Lo cierto es que lo más importante estaría en modificar los énfasis de las políticas vigentes. El foco de atención se trasladaría entonces hacia la promoción de la inversión de base nacional, que fortalezca los entrelazamientos productivos internos y posea alto valor agregado.

Esto último es crucial. Para entenderlo, hay que prestar atención a las características propias de la inversión trasnacional en zona franca. Tal y como afirma la ministra González (a veces dice cosas correctas), esas empresas forman parte de "cadenas globales de valor". Y eso, que ella cree es la gran cosa, en realidad representa un grave problema: implica que hay un sector de la economía nacional que está por completo extrovertido; es solo un nodo subordinado a redes transnacionales de producción, las cuales interconectan muchos otros nodos en muchos otros lugares, y cuya organización y funcionamiento responden a los intereses de la corporaciones transnacionales que controlan tales redes globales.

Eso significa que el país invierte recursos -incluso con un alto costo fiscal- en un sector productivo que, encontrándose subordinado a esas redes transnacionales, por ello mismo está desconectado del resto de la economía nacional. Es una reedición -en versión "alta tecnología"- del viejo esquema del enclave, que también implica una apropiación neocolonial de una parte de la economía nacional. La pérdida aquí es por partida doble: porque fragmenta la economía y la dualiza (la parte en dos), y porque la cuantía de empleos generados es muy pobre, y no compensa el costo en que se incurre.

Cuando, por ejemplo, se insiste con machacona terquedad en que las universidades deberían graduar gente que satisfaga los requerimientos de tales empresas de zona franca, con ello se reincide en ese enfoque neocolonial y de desmembramiento de la economía. En cambio ¿a quién le interesa fortalecer tejidos productivos que incorporen conocimiento y tecnología y que aprovechen la dotación nacional de recursos? Esto último buscaría dar base a una estructura económica interiormente integrada, de alta productividad y en capacidad de generar muchos empleos de calidad. Lo cual además podría ir acompañado de políticas que promueven formas sociales, cooperativas, comunitarias y solidarias de organización de la

La triste disyuntiva de tantas personas producción, a fin de propiciar también la democratización de la riqueza.

Esto supone una reorientación a fondo de las políticas públicas. Por ejemplo: (a) fortalecer -y gestar de ser necesario- una institucionalidad pública expresamente orientada a fortalecer esa estrategia; (b) políticas educativas, de capacitación y asesoría y de ciencia y tecnología que incorporen inteligentemente tales objetivos; (c) reorientación en profundidad de las modalidades de funcionamiento del sistema financiero: que el crédito sea instrumento para propiciar la inversión productiva y la elevación de la productividad, y deje de ser mecanismo fácil para hacer negocio a través del incentivo al consumismo y la especulación; (d) el fortalecimiento de la organización -cooperativa, comunitaria, etc. -como instrumento que entrelace los objetivos de mayor productividad y mayor valor agregado con los de democratización; (e) una reforma tributaria diseñada de forma que tome en cuenta estas metas y genere incentivos apropiados.

¿Significan estas ideas cerrarse a la inversión extranjera y al comercio exterior? Claro que no. Pero sí se promovería la inversión extranjera que genere muchos empleos de calidad y se integre a fondo a la economía nacional, como también se buscará fortalecer las exportaciones que aprovechen la base nacional de recursos y tengan alto valor agregado.

Y, sin embargo, queda aún mucho pendiente por resolver, que ni siquiera he mencionado. Por ejemplo: ¿qué hacer con las normas restrictivas que imponen los tratados comerciales y que limitan la posibilidad de aplicar estas políticas? He ahí otro tema muy grueso que, por cuestión de espacio, me limito tan solo a mencionar.

De modo que dejemos en claro un detalle: ponerse de acuerdo en un programa mínimo es por completo insuficiente, si ello se limita a postular algunas aspiraciones básicas compartidas. Lo realmente importante -y nada fácil- es saber cómo podría lograrse lo que se desea lograr.