Lo cierto es que la elección de gobiernos municipales que tuvo lugar el 7 de febrero puede dar algunas pistas, algunas tendencias en el ámbito político nacional, pero son inservibles para fines cabalísticos. Básicamente porque fue un proceso con características muy particulares, que difieren de otros procesos de alcance nacional.

En primer lugar, hay que considerar que, aunque la participación aumentó moderadamente en relación con las elecciones para alcaldes de 2010, una gran mayoría de los costarricenses no acató el llamado a las urnas, nada menos que el 65%.

Las razones por las que un sector tan importante del electorado se abstuvo de participar pueden ser muchas. Podríamos especular que no tenía interés, que no conocía a los candidatos, que está enojado con el sistema político, entre muchas otras posibles explicaciones. Pero éstas no serían menos especulativas que las que estamos criticando.

Lo cierto es que un 35% de los votantes constituye aproximadamente la tercera parte del total y ni siquiera tiene valor estadístico para proyectar la conducta política del resto de la población porque no es una muestra aleatoria.

En segundo término, la política local tiene características muy particulares. Los liderazgos se construyen mediante relaciones más directas entre el dirigente y el votante y, en consecuencia, las fidelidades partidarias no operan tan mecánicamente como ocurre en el ámbito nacional.

Ocurre que mucha gente vota para que llegue al gobierno municipal un familiar, un vecino, un amigo, el tío de un amigo, aun cuando este candidato sea postulado por un partido que no es el suyo. La simpatía hacia el postulante supera la empatía partidaria.

Por otra parte, el elector no siente que en las votaciones municipales se estén jugando cosas tan importantes como en una elección nacional, aunque esta percepción pueda ser errónea en muchos sentidos. A ello contribuye, sin duda, el hecho de que la elección de autoridades locales siempre fue un asuntito de tercer orden en el marco de los comicios presidenciales y legislativos.

Desde luego, los datos de la votación -como ya dijimos- nos pueden ofrecer algunas pistas sobre cosas que están ocurriendo en la política nacional.

Podemos presumir que el PLN sigue siendo el partido mejor organizado a nivel de comunidades, una condición que no es nueva pues históricamente le ha deparado el control de un buen número de alcaldías.

Podríamos pensar también que el Partido Unidad Socialcristiana (PUSC) está tratando de recomponerse fortaleciendo los liderazgos locales, especialmente en las zonas costeras donde tradicionalmente se ha concentrado su fuerza.

O que el Partido Acción Ciudadana (PAC), pese a ser gobierno, no logra sobreponerse a uno de sus lastres fundacionales: la débil organización de bases. Mientras que sobre el Partido Nueva Generación hemos de barruntar que trabaja muy duro para fortalecerse y convertirse en una opción política de primer orden.

Más allá de consideraciones generales de esta naturaleza, que atañen al trabajo local de los partidos, todo intento de predecir el futuro del país con base en los comicios del domingo no puede ser más que candidez o falta de seriedad.