Gilberto Lopes es periodista, historiador y escritor.

La razón es sencilla: dada su naturaleza tan particular, a su forma de financiamiento, el Semanario escapa a las presiones de los sectores que imponen sus criterios en la gran prensa nacional.

El Semanario ha sido muy importante en todos los grandes debates nacionales y cito solo tres ejemplos para ilustrar lo que quiero decir: durante toda la guerra de la “contra” en los años 80’s; en la lucha contra el TLC; o en la divulgación de los Panamá Papers, más recientemente.

El Semanario ha sido clave en la formación de los periodistas costarricenses e, independientemente de la posición de quienes lo han dirigido, ha hecho un periodismo honesto, que termina poniendo el dedo en alguna llaga. Y eso incomoda, molesta.

Siempre ha habido quienes pretenden callarlo. Solo la raíz tan profunda que ha echado en la sociedad costarricense ha evitado que los vientos, a veces huracanados que han soplado en su contra, lo pasen a llevar.

Hay que destacar que esa sensibilidad hacia el Semanario deriva de un hecho que no siempre es bien destacado: ese es el único medio de la Universidad dedicado exclusivamente a las noticias, distinto al canal de televisión y a la radio, que dedican la mayor parte de su espacio a otros temas.

Ahora, en pleno proceso de selección de quien conducirá el periódico los próximos cuatro años, resurge una vieja propuesta que, de prevalecer, lo alejaría de ese papel enriquecedor que ha desempeñado en la vida de Costa Rica.

Una propuesta que si bien hace referencia a la situación social, política y económica actual de nuestro país, en la cual está inmersa la universidad, de esto deriva la conclusión de que la mejor forma de contribuir a enfrentar esa situación sería transformando el Semanario en un órgano de relaciones públicas da la Universidad.

La propuesta, presentada este martes por un grupo muy importante de decanos y directores de unidades académicas, aleja el Semanario de ese contexto nacional que invocan al inicio del documento.

Creo no equivocarme si digo que algunos, los más conservadores, lo hacen porque se sienten incómodos con las posiciones del Semanario. Otros se han sentido molestos por alguna noticia que los afectó. Otros, probablemente, piensen que lo que proponen tiene sentido y debería caracterizar el papel del Semanario.

No veo como vincular la idea de que la situación social, política y económica actual de nuestro país amerita contar con un director (a) del Semanario “abocado a la divulgación e información del quehacer genuino de nuestra comunidad académica”.

Privaría el país de un recurso clave para pensarse a sí mismo, transformaría en algo irrelevante un medio que despierta curiosidad e interés más allá de nuestras fronteras, por la naturaleza tan particular de su estructura y de su papel en la sociedad. Haría nula la aspiración que los firmantes del documento parecen expresar en su primer párrafo.

La universidad cuenta, para eso, con una importante oficina de divulgación. El papel del Semanario va mucho más allá de esa visión que, al final, no condice con la vocación que lo ha alimentado desde sus orígenes.

Una visión que contribuye a que la universidad juegue un papel en la sociedad costarricense del que, sin el Semanario Universidad, se vería privada. Nos empobrecería.