La Maestría está dirigida a profesionales que trabajen directa o indirectamente con adolescentes y promueve cambiar la visión de que el adolescente es rebelde y conflictivo, por una que vea a la adolescencia como una etapa de crecimiento.

“Viene la adolescencia, preparáte”, es una advertencia que reciben con temor muchas mamás y papás cuando su hijo o hija se gradúa de la educación primaria.

Según el estereotipo, el adolescente es rebelde y conflictivo. Pero esa advertencia no tiene por qué convertirse en una “profecía autocumplida”; es cuestión de saber cómo abordar a quienes pasan por esta etapa tan importante de la vida, asegura el orientador y psicólogo Juan Ortega, coordinador de la Maestría en Desarrollo Integral de la Adolescencia de la División de Estudios del Trabajo del Centro de Investigación y Docencia en Educación de la Universidad Nacional (UNA).

En la adolescencia es cuando la persona se responde a las preguntas “¿quién soy?” y ¿quién quiero ser?. “El adolescente tiene que construir su identidad”, destaca Ortega.

La identidad la va construyendo en su interacción con el entorno, el cual se va ampliando. Es así como el vínculo con los padres cambia radicalmente. De ser por aproximadamente 10 años un niño con capacidades limitadas, el adolescente pasa a ser una persona con mayores demandas, listo a cuestionar lo que sucede a su alrededor, gracias al desarrollo de sus capacidades de abstracción y análisis, y más interesado en su grupo de pares que en su núcleo familiar.

Para el especialista, es importante que los padres aprendan a moverse tal cual se está moviendo el adolescente, lo que –reconoce- usualmente se les dificulta debido a que la experiencia de sus hijos los pone frente a su propia vivencia de adolescentes.

Al hablar de “moverse”, Ortega se refiere a la necesidad de ser más flexibles, ya que de lo contrario, entrarían en un conflicto padres-hijos.

El posible conflicto estaría relacionado con un asunto de límites, ya que si el niño responde a éstos casi automática, el adolescente empieza a cuestionarlos y a demandar cambios.

Ni tanto… ni tan poquito

Pero flexibilizar no implica soltar. El coordinador de la Maestría en Desarrollo Integral de la Adolescencia afirma que papás y mamás no pueden pretender mantener al joven bajo las mismas reglas que cuando era niño, pero tampoco deben dejar que haga todo lo que quiera.

Añadió que hay límites que se deben mantener pero flexibilizándolos, pues el adolescente debe sentir el apoyo de su núcleo familiar. “Hay que soltar y jalar, como cuando se vuela un papalote; si se le suelta del todo, el adolescente entra en un gran conflicto porque todavía no está preparado para enfrentar el mundo, pero si lo jala demasiado, limita su crecimiento”.

Ortega insistió en que los padres deben reconocer que el adolescente requiere estar con su grupo de pares, conocer ciertas cosas y tener más flexibilidad, pero no se le debe dejar abandonado.

Advirtió que la diferencia entre que un joven explore cosas nuevas y que sea atrapado por la droga u otras actividades perjudiciales está en el apoyo que sienta de la familia o de un adulto que tenga una vida estructurada. “Los adolescentes que se quedan en ese tipo de situaciones son precisamente aquellos que son más abandonados, que no sienten ese apoyo”.

Comentó que en algunos casos, la situación familiar puede ser tan cruda, que el adolescente siente que el apoyo externo lo tiene en la droga. “Él de por sí está en construcción de lo que quiere hacer, y si no tiene un lugar dentro de la familia, en el afuera consigue un lugar, es decir, consigue una identidad”.

Es sabido que quienes promueven la prostitución adolescente o el consumo de drogas, les dan un lugar a los jóvenes a quienes lograr captar dentro de estas actividades ilícitas, lo que representa un gran peligro.

Resaltó el especialista que un ambiente familiar saludable le dará la fortaleza al adolescente para que, aún cuando él pueda explorar, no se involucre en cosas que lo van a dañar.

Figuras de amor

Aclaró, sin embargo, que no se puede afirmar que las familias disfuncionales necesariamente van a producir jóvenes disfuncionales.

Hay adolescentes en familias disfuncionales que tienen un elevado nivel de resiliencia, es decir, de sobreponerse a las circunstancias adversas. “No sé si será algo genético o que hubo momentos en su vida donde recibió ciertos apoyos de un familiar o de un profesor o un maestro, que le hizo sentir querido y le motivó a salir adelante a pesar de todo”.

Ortega resaltó la importancia de estas “figuras de amor”, que ejecuten estos “actos de amor” hacia ellos. Puede ser la simple pregunta “¿cómo estás?, o el gesto de comprar un desayuno cuando tenía hambre. “Hay cosas que uno pensaría que son tan insignificantes y sin embargo marcan la vida de una persona”.

Efectivamente entonces, la familia podría ser un lugar no saludable, pero hay otros elementos externos que también tienen peso. Y definitivamente, los maestros y profesores ocupan un lugar importante en el desarrollo adolescente.