Tampoco es posible predecir −con base en las encuestas− el resultado final de las elecciones del 2 de febrero del 2014, sobre todo en el contexto de la campaña actual, cuando a dos meses de los comicios prevalece una altísima volatilidad del electorado, una raquítica simpatía partidaria, un mar de personas indecisas meditando a quién darle el voto, y con un alto porcentaje que decide hasta en las vísperas o el propio día de la elección, como han evidenciado los estudios de opinión hechos en las últimas campañas.

Así lo advierten expertos en encuestas y comunicación política, que además señalan que esta vez hay una incertidumbre electoral nunca antes vista en el proceso electoral, pero que se comenzó a ver a partir de la ruptura del bipartidismo que protagonizaron el actual gobernante Partido Liberación Nacional (PLN) y la Unidad Social Cristiana (PUSC) a inicios de la década pasada.

Al menos en los últimos tres procesos electorales (2002, 2006, 2010), las encuestas mostraron que incluso a una semana de las elecciones, cerca de la mitad de los votantes no tenía simpatía partidaria y dejaban ver algún grado de indecisión respecto a por quién votar. Por eso ocurrieron estampidas de última hora a las urnas, que dejaron resultados considerablemente distintos a lo que decían las encuestas solo unos días antes. Esta historia se puede repetir el próximo 2 de febrero, consideran algunos analistas.

“Nos encontramos en una elección donde la volatilidad electoral es la máxima histórica; además, hay una muy baja simpatía partidaria y la mayoría son indecisos. En un contexto así es muy difícil que las encuestas actuales vayan a decir o se vayan a asemejar al resultado final de las elecciones, empezando porque las encuestas no son para adivinar los resultados finales de las elecciones”, dijo la semana pasada Diego Fernández, estadístico del equipo que elabora el Informe del Estado de La Nación, durante un foro en la sede del Tribunal Supremo de Elecciones dedicado a analizar el impacto de las encuestas en el proceso electoral.

Ciertamente, conforme se vayan acercando las encuestas al día de las elecciones tienden a reflejar datos más cercanos a lo puede ser el resultado final de la elección; pero las encuestas no están hechas para predecir elecciones, sino que son un instrumento científico de investigación, que permite hacer proyecciones, con limitaciones, explicó Fernández. También quedó claro en el foro, que ha habido mala utilización del instrumento, para tratar de manipular a la opinión pública.

Para Víctor Ramírez, analista y experto en comunicación política, la actual campaña es inédita y extraordinaria; los sociólogos y antropólogos deberían estar estudiándola con lupa, dijo.

Si antes pudo ser un poco más fácil pronosticar resultados electorales, hoy es virtualmente imposible, como ya lo fue la campaña de 1998 −cuando horas antes de la elección las encuestas decían que Miguel Ángel Rodríguez (PUSC) le ganaba por 13 puntos o más a José Miguel Corrales, entonces candidato del PLN− y Rodríguez terminó ganando por dos puntos. O bien, lo que ocurrió en el 2006, cuando diez días antes algunas encuestas aun le daban una ventaja arrolladora a Óscar Arias sobre Ottón Solís, pero ambos terminaron virtualmente empatados y hubo que esperar semanas para saber quién era el presidente electo.

“Si eso ocurrió en 1998 y el 2006, imagínense en lo que estamos hoy, con un mar de costarricenses auténticamente indecisos, donde no hay manera que nadie pueda pronosticar”, detalló Ramírez, quien sí pronosticó que “la estampida que se va a dar el 2 de febrero va a ser enorme, y va a cambiar el panorama de lo que cualquier empresa encuestadora haya dicho o vaya a decir en los próximos dos meses”.

Valga recordar que en el 2010 también se presentaron cambios significativos de última hora en las tendencia electoral, pues Laura Chinchilla ganó con un 46,9% de los votos, seguida de Ottón Solís con 25% y Otto Guevara con 20,9%, mientras que, por ejemplo, la encuesta de Unimer publicada en el diario La Nación 15 días antes de la elección, le otorgaba a Chinchilla 40,8%, a Guevara un segundo lugar con 30% y a Solís solo un 13,9%, es decir la mitad de los votos que sumó en las urnas.

Y es que según la socióloga Ciska Raventós, algo que la gente debe tener presente es que las encuestas de intención de voto “son muy frágiles”, ya que la pregunta que se hace es “¿cómo votaría usted si las elecciones fueran hoy? Pero, el caso es que las elecciones no son hoy, sino tiempo después, y mientras tanto puede haber cambios que no recogen las encuestas y que podrían variar la decisión final.

“En realidad las encuestas son más para incentivar la competencia electoral, que para tener dato fidedigno sobre cómo va a ser el resultado de la elección”, opinó Raventós.

Influencia

De acuerdo con el politólogo Gustavo Araya, hay una influencia de las encuestas en el proceso electoral, pero no es determinante, porque hay otros elementos además de las encuestas que entran en juego. Por ejemplo, acontecimientos y decisiones personales, características sociodemográficas, la familia, amigos, compañeros, acciones y omisiones de los partidos políticos, acciones y omisiones del Gobierno, la actividad de los medios de comunicación y otros.

Otro aspecto es el uso que la ciudadanía y los partidos políticos les dan conscientemente a las encuestas. Así, por ejemplo, hay gente que se apunta a ganar según lo que dicen las encuestas, y también se da lo que los analistas conocen como el fenómeno del “perro flaco”, que es una forma de asumir la encuesta por el votante que dice “pobrecito fulano, va mal en las encuestas, entonces voy a votar por él para que obtenga algo”.

Las encuestas también juegan como instrumentos de movilización, pues hay gente que ve perdida su causa o más bien la percibe ganada y adoptan otra decisión distinta en cuanto a cómo votar. El voto castigo contra el Gobierno y el voto útil son también fenómenos que se presentan, y tienen que ver con el apoyo que se da a un candidato con tal de que no gane otro.

Ramírez sostiene que no es cierto que las encuestas tengan la influencia que suele atribuírseles, y que ejemplos de ello sobran en el mundo y en el mismo Costa Rica (ver recuadro).

Respecto a la actual campaña, Diego Fernández cree que esta vez va a conformarse un votante más racional. En tiempos del bipartidismo –recordó− los electores tenían básicamente dos opciones que se alternaban y elegían al ganador. Pero, posteriormente aparece una volatilidad en el electorado como la actual −que es particularmente alta−, en la cual la mayoría no tiene por quién votar, y está buscando una forma de agruparse en un voto útil, que puede ser de oposición.

En su criterio, lo que puede pasar es que la gente indecisa que no quiere votar por el partido de gobierno no se va a mover hacia ahí, y no se diluye entre las otras opciones porque no son un voto útil, sino que busca una de esas opciones electorales que probablemente sea la que vaya a una segunda ronda.

Mitos y timos electorales

El analista Víctor Ramírez sostiene que el mundo electoral está poblado de “mitos y timos”, y uno de ellos es la supuesta influencia de las encuestas en la decisión de los electores, como también lo es que los seres humanos votan a ganar.

El más reciente ejemplo de ello –puntualizó− es el de las elecciones chilenas, donde las encuestas más serias le daban a la candidata Michelle Bachelet una votación por encima del 50%. Si fuera cierto que la gente vota a ganar, ella hubiera terminado con un 60% o algo parecido y no con el 51% que obtuvo.

En el caso de Costa Rica, las encuestas decían en el 2006 que Óscar Arias iba ganando por más de diez puntos, y algunas que por más de 15%, “pero cuando creíamos que el ganador rotundo de esa elección era Arias, termina virtualmente empatada. Si los costarricenses votáramos a ganar, Arias no gana por 13% como decían las encuestas sino por 20%.

A su parecer, en aquel momento ocurrió el fenómeno del “perro flaco”. En el grupo de los opositores, aunque estaban divididos en una gran gama de partidos igual que hoy, la gente dijo: Arias va a ganar, yo no voy con él, y entonces −sin que nadie se lo dijera, en una especie de misterio colectivo que se produce casi en la noche anterior a la elección− la gente dijo: lo que más quiero es que Óscar Arias no sea presidente, es a quien más malquiero, ¿cómo hago para que mi voto tenga cierta utilidad? “Ahí es donde en estampida los costarricenses −cosa que ninguna encuesta logró pronosticar− salen a votar y virtualmente hay un empate”.

Según al experto, lo que está ocurriendo en la actual campaña es de “una riqueza sociológica, antropológica, conceptual y política, extraordinaria”.

Al contrario de lo que dijo el escritor Alberto Cañas, que esta campaña estaba muerta, porque ni vivas se oyen, Ramírez considera que la campaña “está viva en el corazón y el alma de los costarricenses, pero no en las calles de manera primitiva, superficial y carnavalesca, como se hacía antes”.

La gente, a distancia emocional y mental, sentada en sus casas viendo este panorama general, está analizando con más profundidad que nunca antes, para al final de la campaña salir a votar. Por lo tanto, si es difícil pronosticar con las encuestas, en esta ocasión es más difícil que nunca en la historia de Costa Rica, advirtió Ramírez.

Hay tiempos de cambios en los valores y las culturas de una sociedad, y eso pasa con los costarricenses: “los parámetros de análisis anteriores ya no funcionan, y por lo menos en el campo político electoral no hay duda que estamos viviendo eso”, comentó.

La indecisión marca las últimas elecciones

Con una elección focalizada en los candidatos, como ha sido característico en los últimos procesos, dos semanas antes de las pasadas elecciones del 2010, el 41% del electorado manifestaba no tener simpatía partidaria, el 54% estaba totalmente decidido a votar, mientras que el 20 % decía que no votaría y el 26% lo dudaba, según la encuesta de Unimer publicada por el diario La Nación.

La candidata Laura Chinchilla, del PLN, encabezaba con 40,8% en la intención de voto (ganó con 46,9% dos semanas después), seguida en segundo lugar por Otto Guevara, del Movimiento Libertario, con 30% (quedó en tercer lugar con 20,9%) y Ottón Solís, del Partido Acción Ciudadana, con 13,9% (pero cosechó un 25%).

Una encuesta telefónica sobre las razones del voto, realizada tras la votación por la misma encuestadora a 2.754 entrevistados, mostró que −respecto al total de votantes− en la última semana decidieron votar por Solís un 6%, por Guevara 4% y por Chinchilla 2%. Y el mismo día de la elección un 6% se decidió por Chinchilla, 2% por Solís y 1% por Guevara.

Quienes se decidieron en último momento fueron principalmente personas de 18 a 24 años, de nivel económico bajo o mediano, con estudios de primaria, residentes de zonas urbanas, quienes votaron por Solís en el 2006, no votaron en el 2006, no simpatizantes de partido alguno, y personas con niveles de indecisión.

En definitiva, en el 2010 no acudieron a las urnas el 31% de los electores, lo que significó una baja del abstencionismo con respecto al 34,8% registrado en el 2006, pero a la vez una persistencia del ausentismo electoral por encima del 30% que empezó a manifestarse desde 1998, tras un quiebre del histórico 18% que había en Costa Rica.

Elección 2006

A una semana de las elecciones, según la encuesta de Unimer, el 40% del electorado no simpatizaba con partido alguno, el 53% habían definido su participación en las elecciones y el resto mostraba algún grado de incertidumbre sobre su participación.

A Óscar Arias le daba un respaldo de 42,6% (obtuvo un 40,9% en la elección), y a Ottón Solís 31,5% (obtuvo 39,8%).

Elección 2002

A una semana de las elecciones, la misma encuestadora le daba a Abel Pacheco (PUSC) 26,7% de la intención de voto (obtuvo 38,58% en la elección, 12 puntos arriba), pero no alcanzó el 40% mínimo para ganar en primer ronda y debió disputar la segunda con Rolando Araya, del PLN, al que la encuesta le daba 22,7% (pero obtuvo 31,5%). El abstencionismo fue de 31,2%

En una entrevista que hizo la empresa encuestadora a 1475 personas en 30 recintos electorales del país, sobre los elementos determinantes para decidir el voto, el 37% señaló al candidato, 20% al partido, 19,7% al programa y 13,1% a las promesas de campaña.